La marca
Greenline no compite en la categoría de las embarcaciones de día. Toda la gama va del Greenline 39 al Greenline 58, y cada uno de esos barcos es un yate de crucero. Esos números son nombres comerciales, no esloras. Según las fichas de greenlinehybrid.com, el 39 mide 11,99 m de eslora total y el 58 Fly, 19,08 m. La gama abarca, por tanto, de unos 12 a unos 19 metros. Es bastante más barco del que gobierna la mayoría en aguas interiores o en un puerto deportivo pequeño, y con ese salto cambian el amarre, los gastos de uso y las horas de mar que hacen falta detrás del timón. El terreno de la marca empieza donde ya se piensa en medidas de yate.
La marca pertenece al grupo esloveno SVP Yachts, y pocos nombres de la construcción naval están tan pegados a la idea del híbrido. Desde 2008 el astillero fabrica yates de crucero con cadena de propulsión híbrida, lo que lo sitúa entre los pioneros del segmento. Aquí lo híbrido fue el punto de partida y no un añadido posterior. El primer yate híbrido de la casa salió el mismo año en que abrió sus puertas.
¿Qué cambia que un astillero lleve casi dos décadas construyendo híbridos? Sobre todo, que detrás del esquema híbrido hay una larga historia de desarrollo. Sigue siendo una opción, porque cada modelo se puede pedir también solo con motores diésel, pero el astillero lo viene afinando desde 2008. Es el núcleo de la identidad de la marca. Cuando miras un Greenline actual no ves un experimento de primera generación, sino el estado presente de un concepto que ha tenido tiempo de madurar. En la náutica eléctrica eso cuenta mucho, y el astillero le pone número: su híbrido H-Drive va ya por la sexta generación.
Yate de crucero no es solo una etiqueta de tamaño. Una embarcación de día sale unas horas al agua y vuelve; un crucero está hecho para que vivas encima de él, días o semanas seguidas. Esa única diferencia le da forma a todo lo demás: los metros, la distribución bajo cubierta, la energía que piden los sistemas, la manera de gobernarlo. Por eso con Greenline no compras un barco más grande: cambias de categoría, y la categoría premia otra forma de pensar.
La distinción explica también por qué la idea híbrida y el formato crucero encajan tan bien. Un barco que sacas una tarde poco necesita de una segunda cadena de propulsión. Un barco en el que duermes, cocinas y fondeas una semana sí necesita navegar en silencio, y sí necesita energía a bordo que no dependa de una máquina martilleando de fondo. Las dos mitades del concepto se diseñaron la una para la otra, no se juntaron después.
Greenline en el agua
Fotografía oficial y la gama completa: greenlinehybrid.com ↗

La gama y la propulsión
La gama arranca en el Greenline 39 y termina en el Greenline 58, el buque insignia. Todos los tamaños se ofrecen con la propulsión por la que se conoce a la marca, un híbrido con modo totalmente eléctrico, pero también con propulsión totalmente eléctrica y con motores diésel convencionales. La versión híbrida se llama H-Drive: motores eléctricos para el trabajo lento y diésel para las travesías, uno de cada en el 39 y dos de cada en los modelos mayores. Solo con la parte eléctrica llega a 7 nudos en la mayoría de los modelos, que son cerca de 13 km/h o unos 8 mph, casi sin ruido y sin gases de escape. Las fichas de cada modelo dan 6,5 nudos para el 42, 6 para el 58 Fly y 7,5 para el 58 Coupe. La E-Drive, la propulsión totalmente eléctrica, llega a 11 nudos en el Greenline 39, el primer modelo que aparece en la página de propulsión del astillero. En las fichas figuran 10 nudos para el 40, 12 para el 58 Coupe y 13 para el 45 y el 50 Fly. Maniobrar dentro de un puerto deportivo, fondear en una bahía, dar una vuelta lenta después de cenar: ese modo es el eje de la experiencia Greenline.
Con el tamaño conviene no fiarse del nombre. La horquilla en metros que damos para la gama sale de las fichas del astillero y va redondeada, de ahí el «unos» delante. Para hablar de la gama en conjunto, con eso basta. Para el amarre, no. Ahí la cifra que manda es la eslora total del modelo concreto, y esa se la pides al astillero o al concesionario antes de dar ningún paso. Un yate se mide de proa a popa, no por el número que lleva en el nombre comercial.
El diésel sigue a bordo en las dos versiones. Cuando releímos la página de propulsión de greenlinehybrid.com, el 5 de octubre de 2026, para el Greenline 39 aparecía un generador de 14 kW en el modo diésel de la H-Drive, y en la columna de la E-Drive un generador diésel como extensor de autonomía. Ni en un caso ni en el otro la energía de a bordo depende solo de la batería. Para modelos concretos, pregunta qué lleva la unidad que te ofrecen, porque de vez en cuando llegan modelos nuevos, como el 42 y el 50 en 2026.
La lógica del híbrido pide una segunda lectura, porque justo ahí está la fuerza del concepto: un solo barco con dos caracteres. El lado eléctrico se queda con los momentos tranquilos, la maniobra de puerto, la entrada en un fondeadero, la vuelta lenta después de la puesta de sol. El lado térmico toma el relevo en cuanto hay una travesía larga en el plan y lo que cuenta es la distancia recorrida. Nada se decide de antemano. Qué cara muestra el barco lo resuelve siempre la situación.
Siete nudos se leen modestos sobre el papel, y ayuda entender por qué la cifra está donde está. Un casco de desplazamiento pide muchísimo menos a sus motores a poca velocidad, y la relación no es lineal sino empinada, así que unos pocos nudos menos recortan mucho el consumo. Navegar en eléctrico con un barco de este porte compensa justamente porque se queda dentro de esa banda eficiente. Empuja un crucero pesado a velocidades de planeo con baterías y los números dejan de cuadrar, que es el muro que el lado térmico está ahí para saltar.
Zonas de navegación y la cuestión del tamaño
Dicho sin rodeos: un yate de crucero de 12 a 19 metros es mucho más barco del que mueve la mayoría en su agua de casa, así que un Greenline no va a ser una opción realista para todo el mundo. Si lo que buscas es una elegante embarcación de día de 6 a 8 metros, te encaja mejor la clase en la que trabajan Frauscher y la también eslovena Alfastreet, que hoy se llama Alfastreet Yachts y tiene su web en alfastreet-yachts.com (consultada el 5 de octubre de 2026). Greenline entra en juego cuando ya estás comprando a este tamaño, o cuando planeas una base en agua de crucero de verdad: bahías resguardadas, saltos cortos entre islas, puertos donde una llegada silenciosa se agradece en lugar de tolerarse.
El astillero está tierra adentro, en Begunje na Gorenjskem, en los Alpes eslovenos, y tiene su centro de pruebas en el puerto deportivo de Portorož, en la costa de Eslovenia. Tengas el barco donde lo tengas, busca agua protegida y fondeaderos suficientes a una jornada de navegación, desde cadenas de islas y tramos de costa tranquilos hasta los grandes lagos interiores. Ahí es donde un barco capaz de moverse en silencio saca ventaja: la llegada a un fondeadero concurrido al caer la tarde deja de anunciarse con ruido.
Para el panorama general de hacia dónde va el segmento, nuestro repaso de los barcos eléctricos cuenta qué están haciendo los constructores en el conjunto del mercado. Y si lo que te atrae es el casco que vuela en vez de un crucero que se queda en el agua, empieza por la guía del barco hidrofoil. Son dos respuestas distintas a la misma pregunta sobre eficiencia: una levanta el casco fuera del agua para recortar resistencia, la otra lo deja en el agua y le añade una segunda forma, más silenciosa, de moverlo. El de Greenline es, en palabras del propio astillero, un casco de «superdesplazamiento», que navega en modo de desplazamiento entre 4 y 7 nudos. Los barcos híbridos y eléctricos aparecen también en los grandes salones náuticos internacionales, que sigue siendo la vía más rápida para comparar cascos uno al lado del otro.
El híbrido en un día cualquiera
El concepto híbrido se vuelve palpable cuando recorres una jornada normal a bordo. Sales del amarre por la mañana con el motor eléctrico. La maniobra transcurre en silencio, sin nube de escape y sin tirones en el acelerador, y en un puerto estrecho eso es una ventaja de verdad. No estás llenando de humo las bañeras vecinas, y notas con precisión cómo responde el barco al timón. En momentos así el lado eléctrico juega su mejor carta.
En cuanto sales a mar abierto con un tramo largo hasta la siguiente bahía toma el mando el lado térmico de la propulsión, porque ahí lo que pesa es la distancia y el tiempo de travesía y no el silencio. Los dos mundos no plantean un dilema. El barco enseña las dos caras el mismo día. Tú decides cuál toca en cada tramo, sin renunciar a la otra.
Al llegar, el protagonismo vuelve al modo eléctrico: cerca de un fondeadero te mueves despacio y con cuidado, y justo entonces se agradece que nada retumbe debajo de ti. El baño ocupa el mediodía y la tarde pertenece al agua. Una vuelta tranquila después de la puesta de sol cierra la jornada a unos 5 nudos sin prisa, la velocidad a la que el astillero calcula la autonomía eléctrica del híbrido.
La parte más callada de un viaje híbrido llega de noche, aunque aquí conviene no dar nada por hecho. De día, los paneles solares de serie van recargando las baterías, y para el 39 híbrido el astillero habla de hasta 3 días fondeado solo con batería y sol. El diésel, aun así, sigue en la ficha. El híbrido conserva sus motores diésel (en el 39, con un generador de 14 kW en el modo diésel) y la E-Drive lleva un generador diésel como extensor de autonomía. El silencio dura lo que aguanten la batería y el sol. Cuántas horas da tu configuración con la nevera y las luces encendidas es algo que debes pedir por escrito. Lo que sí sirve es una costumbre de planificación: coloca los tramos largos y rápidos donde el lado térmico hace falta igual, y guarda la navegación eléctrica para los sitios donde el silencio es el objetivo entero. Esa división deliberada es el verdadero oficio del crucero híbrido.
También cambia la forma de leer una ruta. En vez de un plan de travesía continuo acabas con un ritmo de tramos ruidosos y tramos callados, y tras una temporada o dos empiezas a elegir fondeaderos y horas de salida en función de ese ritmo. Lo que se te queda no es tanto la técnica de la sala de máquinas como la manera en que reordena un día corriente. Un casco de 12 a 19 metros no se gobierna a golpes de acelerador, se administra.

A quién le encaja y a quién no
Un Greenline no es un producto de gran consumo, y justo por eso vale la pena comprobar con honestidad si encaja con la forma en que usas un barco de verdad. Está hecho para quien sale al agua días o semanas, no unas horas, para quien el barco hace de alojamiento, cocina y salón al mismo tiempo. Si la idea de despertarte en una bahía distinta de aquella en la que fondeaste la noche anterior te atrae, estás en el sitio correcto.
Funciona igual de bien para quien pone por delante el silencio y la navegación sin emisiones, y sale al agua buscando calma antes que velocidad. Se pone interesante de verdad para quien planea un amarre en una zona de crucero con fondeaderos a una jornada de navegación. Un yate que además se mueve solo con el motor eléctrico resulta ahí una elección lógica: silencioso en el puerto y silencioso en cada bahía donde pares.
¿Para quién no es? Para quien quiere una embarcación de día ágil, de pocos metros, para un baño de tarde o para deportes de agua: este barco es sencillamente demasiado grande y da demasiado trabajo. Si sales poco y solo unas horas cada vez, apenas usarías aquello para lo que está construido un yate de crucero. Y si el objetivo es la velocidad o un uso barato y despreocupado, mira en otra parte.
Queda una cuenta que conviene hacer antes de firmar: el trabajo. Cuanto más grande es el barco y más vives en él, más sistemas hay que mantener, del circuito de agua a la instalación eléctrica y a la refrigeración. Un crucero está diseñado para tiradas largas a bordo, así que la limpieza, las revisiones y el guardado fuera de temporada llevan más tiempo que en una embarcación de día que se usa unas horas seguidas. Cuenta ese trabajo en el presupuesto desde el primer día, en horas o en dinero, según quien acabe haciéndolo. Un Greenline es la decisión correcta cuando quieres activamente la versión más lenta y más silenciosa de la vida en el agua, no cuando te limitas a tolerarla.
Qué resolver antes de comprar
Cuando ya estás lo bastante avanzado como para considerar un Greenline en serio, vale la pena contestar con sinceridad a un puñado de puntos antes de comprometerte. No para desanimarte, sino para que nada te sorprenda más adelante. Con un barco de este tamaño, la preparación pesa más que el entusiasmo.
- Amarre y guardado: un yate de 12 a 19 metros necesita un amarre en condiciones y, además, un plan para la temporada de uso y para los meses en que el barco no navega. Eso está a otro nivel que cargar una embarcación de día pequeña en un remolque.
- Uso realista: cuenta con honestidad cuántos días al año pasarías en el agua. Un yate de crucero devuelve lo que cuesta cuando viajas de verdad con él, no cuando espera en el puerto.
- Pide presupuesto: los precios de lista públicos escasean en esta gama, de modo que la única cifra fiable es el presupuesto del modelo concreto con su equipamiento. Los modelos nuevos llegan de tarde en tarde, pero la lista de opciones es larga y cada yate totalmente eléctrico se construye en parte a medida. Hay un segundo hueco parecido: en la página de propulsión de greenlinehybrid.com la versión híbrida da una distancia en eléctrico medida a baja velocidad, pero la E-Drive enumera su autonomía sin poner la cifra al lado. Búscala en la ficha del modelo concreto o pregúntala al concesionario.
- Verlo en persona: las fotos y los planos de distribución llegan hasta donde llegan. Recorre la cubierta, siéntate en la bañera y, si puedes, haz una maniobra de atraque con el motor eléctrico. Todo se siente distinto a bordo de lo que parece en un plano.
- Expectativas del modo eléctrico: los 6 a 7,5 nudos que alcanza la H-Drive en eléctrico, según el modelo, están pensados para maniobras y vueltas tranquilas, no para llegar rápido a ningún sitio. Mejor tenerlo claro antes de probarlo que después.
- Dónde vas a navegar: un híbrido así no se rige por las mismas normas en todas las aguas ni en todos los países, y conviene aclararlo en cada destino antes de soltar amarras.
Un barco de este porte no es una compra impulsiva, es un compromiso que se mide en años. Resuelve esos puntos de antemano y te sientas a negociar con la cabeza más despejada, que es justo el estado de ánimo al que un Greenline le sienta mejor.



